Sueños de seductor (Flay Flay)

No sé por qué, desde muy pequeñito me he sentido atraído por la figura del seductor, aquel tipo que prácticamente sin esfuerzo consigue encandilar a las tías más despampanantes que uno haya podido ver. Me pasa un poco igual que a Woody Allen, ¿habéis visto su peli «Sueños de seductor»? Ahí se le aparecía el fantasma de Bogart si mal no recuerdo para darle clases al desventurado protagonista en sus andanzas amatorias y/o sexuales. Pues bien, decía que al igual que Woody Allen yo me comía un colín de adolescente, era demasiado canijo, muy tímido y exageradamente inseguro, no podía menos que mirar con envidia a compañeros míos mucho más lanzados que se hacían con los favores de señoritas a las que yo había echado el ojo antes, ah. Atendía embobado a las hazañas sexuales de mi compañero H mientras yo debía contentarme con los vericuetos de mi imaginación u otros objetos más prosaicos, rabiando por dentro por no haberme atrevido a decirle a la srta. X que oiga, que yo estaba primero. Afortunadamente me hice vocalista y eso mejoró bastante mi porcentaje, pero aún así no crean, de seductor he tenido siempre lo mismo que de mecánico. Y ese icono siempre está ahí: Don Juan, Casanova, Delon, Brando, Clooney, Pitt, ¡qué cabrones!

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Sentimentalmente estable desde hace una pila de años, uno contempla el mundo desde una distancia prudente y supongo que más sabia, pero aún sigo fascinado por la figura del dandy. Es que pienso que existe algo intrínsecamente divertido en la figura del conquistador e incluso del, ejem, llamémosle follarín, ¿os hablé alguna vez de un amigo mío que se metió a actor porno? El muy animal no paraba de ventilarse una tía tras otra y durante una temporada veía aumentada su media amatoria, ya de por sí elevadísima, con su pluriempleo de tarde, hasta el punto que ya se dedicaba a formular extrañas ecuaciones matemáticas de duraciones, cantidades, tiempos y números. «X pibas durante el día a una media de X minutos dan como resultado una media de X horas al día de amor», decía el mu cabrón. ¡Qué tío! Pero por supuesto que no todo es oro lo que reluce en estas historias de éxitos sexuales (todos hemos visto «Boogie nights», ¿verdad?), por eso veo más elegante la figura del «amante a la antigua», el tipo cursi que las conquista con flores y besos en la mano y que incluso acepta sus pequeñas derrotas con romántica deportividad, ya vendrán otras, ¿no?

Estos son los tíos que yo llamo «flay-flay». Sí, me diréis que en mi último disco aparece ese término como sinónimo de «volar» o «fumar» o «irse de fiesta» pero «flay flay» es eso y mucho más. Mucho cuidado, es muy distinto ir de flay flay -por Dios, no cometan la vulgaridad de decir «fly fly»- que ser uno de ellos, vengo a referirme que mi pose y la de los Hispano-Cubans en «Barrio de La Paz» juegan con su iconografía pero no, son muy pocos los que merecen ese calificativo. Me refiero a gente como Dean Martin, al que ya podía caerle el cielo sobre su cabeza que no iba a perder su media sonrisa, o al gran Robert Mitchum en su disco «Calypso…is like that!». O Teddy Pendergrass, que le birló la novia al mismísimo Marvin Gaye y era capaz de hacer conciertos solo para mujeres. O Xavier Cugat, al que el independentismo catalán seguro que se la traería floja. Pero vamos a ver, ¡si hasta un flay flay de segunda como Julio Iglesias consigue ser una estrella en los mensajes de WhatsApp!

Decíamos en el libreto de «Barrio de La Paz» que era la hora de pintar de colores el asfalto, y el mundo flay flay es un mundo glamouroso en technicolor. Aunque la fotografía sea en blanco y negro.

 

(Artículo publicado en el Boletín de La Paz el 1-4-2014).

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