Anotaciones sobre «Polo sur»

Reseña aparecida en nuevaola80.com sobre Polo sur.

AURELIO SÁNCHEZ. Desconocemos si el propio interesado estará de acuerdo en la afirmación, pero lo cierto es que a nadie medianamente reflexivo se le puede escapar que gran parte del éxito de Danza Invisible se debe al carisma de Javier Ojeda, a su glamour y su capacidad actoral en el escenario y, sobre todo, a su prodigiosa voz, un portento de registros capaz de epatar por igual con estilos tan dispares y hermanados como el pop, el rock mas recalcitrante, el soul, el funky e incluso el rap, seguramente a causa de una ancha y ecléctica educación musical mamada desde su niñez.
Según su propia confesión, este «Polo Sur» no es sino un alto en las obligaciones del grupo con el afán de dar rienda suelta a inquietudes, plasmadas en su rol de crooner, que no tienen cabida en el repertorio del mismo. Un buen momento, en cualquier caso, para la transición ahora que la banda no parece atravesar su momento más óptimo a pesar de que sus directos siguen siendo celebrados y, por ende, para arriesgar, si entendemos como tal la insondable predisposición de la masa, poco dada (eso que denominan inteligencia emocional) a entender los mensajes subliminales de los discos que, con mayor o menor fortuna, nacen de las entrañas de los artistas y si obviamos la relatividad y el privilegio en ese factor riesgo de uno de los grandes del pop español.
Raro hubiera sido que, con las reseñadas dotes y tan ilustre trayectoria, Javier hubiera dejado pasar la ocasión para versionear a alguna de sus debilidades, máxime cuando ya lo había hecho con los propios Danza (¿qué decir de «Al otro lado de la carretera» del maestro Van Morrison) y en el grupo paralelo Tercer Mundo. Para la ocasión ha elegido ni más ni menos que «Love is the drug» del ínclito y no por ello menos elegante Brian Ferry que el señor Ojeda hace suya con ardor, descaro e innegable complicidad, a lo que contribuye el saxo de Roberto Cantero, el «Tell it like it is» («Juegos» por obra y gracia de su adaptador, Antonio de la Rosa, letrista habitual) que cantara otro privilegiado de las cuerdas vocales, Aarón Neville, ejecutada con pulcritud, buen gusto y con apoteósico final incluido, y la no menos desgarradora «Emborráchame de amor», un bolerazo de los que se marcaba el maldito puertorriqueño Héctor Lavoe, por el que Javier parece sentir algo más que devoción, que nos conduce a una obligada revisión de la obra del sonero y que sugiere agarrar a tu chica y susurrarle al oído «… no me preguntes que me pasa/ tal vez yo mismo no lo sé/ préstame unas horas de tu vida/ y si esta noche está perdida/ encontrémonos los dos …» sin moverse, como antaño, de la baldosa. Tremendos, canción y CANTANTE.
Tampoco es desdeñable el ejercicio vocal en los temas mas bailables: «Pegado a tu cuerpo», primer single que, paradójicamente, echa el cierre, «Sin ti» y «Cuestión de fe» temas en la más pura onda marvingayesca versión funky, «Cintura de arena» toques de soul para una de las mejores letras de Sr. Gris (alias de José María Villalobos) y «Las palabras son solo palabras» en la que Susana, cantante de Efecto Mariposa, echa un cable, la mar de bien, en un intento de compensar la impagable colaboración de Javier en la architatareada «No me crees».
El resto del álbum se mueve entre el pop más clásico («Besos en el aire» y «Páginas en blanco») que bien hubieran formado parte de cualquier disco de los Danza, el flamenquito de «El extraño viaje», no en vano colaboran Coki y Toni de Chambao, y el rock metafísico de «El vaivén de las olas» en dónde sobresale, como en el resto del disco, el bajo del «héroe» Joaquín Cardiel que también deja su impronta en la amalgama que no por esperada deja de ser atractiva. Destacar, además de los ya citados y entre otras, las colaboraciones de Agustín Ansorena, antiguo miembro de los igualmente malagueños y nunca bien ponderados Serie B, a las guitarras y del «niño del Brasil» Nacho Serrano que se encarga de las programaciones y produce magníficamente, extrayendo un sonido muy actual de los músicos pero dando prioridad a lo que mejor sabe hacer Javier: cantar.
Como consideraciones finales se podrá alegar que va a ser difícil que Javier Ojeda pueda despegarse con facilidad de la etiqueta sonora de los malaguitas (probablemente esa tampoco sea la pretensión), que la capacidad de sorpresa no acaba de correr paralela a la del deleite reconocido, que hay pasajes que nos son familiarmente conocidos y que, en resumen, el resultado final bien pudiera dividirse fraternalmente entre la brillantez y la iteración, pero, en aras de ese mismo equilibrio, lo más sensato (y objetivo) es cambiar el chip de los antecedentes, la mayoría de nuestros insignes solistas se curtieron en intransferibles grupos de éxito, y otorgarle al disco el certificado de autenticidad, un reconocimiento merecido a un trabajo individual sensato y coherente hecho para, dicho sea de forma no peyorativa, lucimiento personal, de indudable calidad y «savoir faire» principalmente en esa faceta interpretativa que no nos cansamos de alabar, una colección de canciones que tienen la pinta, al igual que la garganta del protagonista, de envejecer dignamente.

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