El duende

Hace mes y medio estuve tocando en acústico en Antequera. Fue una gala poco menos que catastrófica, el recinto (precioso por otra parte) como intuíamos no era el adecuado para una «Noche en Blanco» donde a la gente le gusta quedarse así, en blanco; el horario tampoco acompañaba, etc. Para colmo a mí se me ocurre, en un acto inexcusable de irresponsabilidad, llegar en condiciones digamos no óptimas tras una noche de farra en Cartagena en la que, ejem, no supe medir los tiempos. Aún así a experiencia es un grado y comenzamos bien pero, argh, a uno de mis guitarristas comienza a desafinársele la guitarra constantemente, le han vendido un juego de cuerdas nuevas defectuoso. Estoy que casi me quiero morir, no consigo mantener la concentración. Hasta que de pronto…

…En el bis con «El ángel caído» comienzo a desatar toda mi ira por un concierto fallido y oh, milagro, consigo un momento de «transfiguración», lo que los flamencos llaman duende, y entonces, y apoyado por dos músicos que saben moverse, consigo unos 5 o 6 minutos de magia absoluta música en libertad no sé cómo llamar a este momento tan bello.. Dejo de ser yo, la música me puede, las melodías y letras salen de mí como impulsadas por un adentro que tengo dentro y ese instante se convierte en una obra de arte, seguro. Es entonces cuando sé que tengo el don, coño, soy MÚSICO y la música me puede y domina a su antojo, hablo a través de ella. Conocí hace años a Leo Sidran, baterista hijo del extraordinario Ben Sidran, y me comentaba que Van Morrison estaba obsesionado con la búsqueda de esos momentos, sus «healing», tanto que a veces bebía en exceso para poder pillar esos minutos de transfiguración. Obviamente no quiero ni deseo ni debo compararme pero ya sé que LO TENGO, soy un vocalista capaz de dejarse ir e ir e ir e ir…

Desgraciadamente no siempre vienen esos arranques de auténtico arte, pero saber que los puedes tener es mucho muchísimo. Entonces piensas que ya estás condenado. No voy a poder cambiar de profesión jamás, la música me lo ha prohibido. Sin saber escribir ni tocar ni hostias soy uno de los elegidos, lo sé. ¿Cómo explicar que sin los cuidados adecuados mi voz esté mejor que nunca? En este año de mierda yo salgo adelante, invento, innovo, me divierto y (espero) divierto. Vaya temas que me están saliendo, Dios. Cuando estamos a punto de editar el «Danza Total», recopilatorio de 30 años de andadura musical, sigo mirando adelante, obsesionado con nuevos retos, no, no me han vencido los años ni las circunstancias. La música me lo ha prohibido porque tengo el duende, o eso o soy un gilipollas.

 

 

 

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