En Perú

Lima es una ciudad tremendamente brumosa, pero no se parece en nada a Londres. El asunto es que allí se produce un fenómeno meteorológico muy extraño que se llama «desierto costero» y hace que el clima sea muy húmedo y desértico a la vez, al mismo tiempo que sus aguas reciben la visita de una inhóspita corriente de Humboldt que hace que su temperatura sea gélida. O sea, nada que ver con la imagen que uno tiene desde aquí, yo al menos siempre tenía la estampa de sitio con palmeritas.

Ya es la segunda vez que he estado en Perú (y no, este año tampoco he podido visitar Machu Picchu) y voy cogiéndole el pulso a sus habitantes. Los peruanos son gente encantadora, tremendamente serviciales y amables y miran a España con simpatía. Da la impresión de ser un sitio que mira al futuro con optimismo a pesar de su largo historial de políticos corruptos. En los últimos años hay allí muchos españoles trabajando, puesto que hay demanda de personal para infraestructuras públicas. Estuvimos allí con un conductor llamado Martín que había estado viviendo en Madrid tres años. Regresó cuando la crisis aquí se puso imposible pero mantiene grato recuerdo de su estancia, al igual que otro taxista con el que nos topamos.

Es llamativa la tremenda afición que hay por la salsa, me atrevo a decir que el estilo más escuchado allí. Carteles de conciertos de grandes del género aparecen por todos lados, parece cierto que Lima es ahora una de las mecas de esta música. Yo sin embargo represento allí musicalmente algo muy distinto, similar a lo que en España encuadramos como «rock alternativo». «Sin aliento» es un hit bien conocido en todo el país y al igual que sucede en México «Música de contrabando» es un disco de culto, allí no se enteraron de nuestro éxito posterior con «A tu alcance» y la verdad es que la carrera posterior de Danza y la mía son poco conocidas. Para la ocasión contacté con una banda de jóvenes estudiantes de música que se preparó un repertorio ex profeso con grandísima profesionalidad. Recuerdo que había gente que se extrañaba de que fuese a estar acompañado de músicos peruanos, muestra de la tremenda incultura que tenemos aquí con respecto a los músicos de rock de allá: en Perú vienen la tradición rockera argentina y eso implica un alto nivel instrumental, me atrevo a decir que superior al español.

Fue interesante compartir opiniones con estos veinteañeros. Me llamó muchísimo la atención de que, «Sin aliento» aparte, sus favoritas del repertorio eran «Sin ti», «Pegado a tu cuerpo», «El ángel caído» y «Cintura de arena», mientras que no mostraban entusiasmo especial por «Sabor de amor». Comentaban las tremendas dificultades para salir adelante que había allí, junto a otros problemas comunes a nuestro país como la burocracia de las emisoras, la corrupción de la APDAYC, su SGAE particular. Pero eso sí, me atrevo a decir que nos ganan en sus sistemas de enseñanza musicales. Sí, los chavales saben leer partituras pero son capaces de tocar rock, reggae, funk, capacidad de improvisación… ¿sabéis a qué me refiero?

A los peruanos les llama mucho la atención mi interés por su cultura musical. Parecía desconcertarle agradablemente que tuviese en casa discos de Susana Baca, Chabuca Granda, Máximo Damián, el Dúo Hermanos García, salseros como la orquesta Ritmo de Clave, modernos como Novalima. Sonríen complacidos cuando admites conocer que el cajón flamenco es de origen peruano, en concreto instrumento emblemático de la música afroperuana, de inmenso impacto. Es un folclor maravilloso el peruano, en serio, como en todos los sitios donde se ha mezclado la cultura indígena con la española y la negra.

¿Algo que no me guste? Bueno, Lima no es desde luego una ciudad bella, aunque tiene sus rincones. Y si a eso le unes un tráfico absolutamente demente te encuentras de primeras con cierto rechazo que desaparece nada más conversas con el limeño. La comida es extraordinaria y según me dijo mi amigo el cocinero Dani García la gastronomía está sirviendo para el despertar económico peruano, hay un montón de críos de los ghettos que dejan el trapicheo para ingresar en escuelas de hostelería con la esperanza de emular a Gastón Acurio, el mítico chef del restaurante Astrid & Gastón.

No ha sido esta una visita fácil. Apenas llegar enfermé y los dos últimos días fueron absolutamente rocambolescos. Pero regreso con un montón de nuevos amigos (que nadie mencione la nefasta y despreciable palabra «panchitos», que me cabreo) habiendo conocido una bellísima ciudad (Arequipa) y con la sensación de que la aventura está ahí  y has de subirte a su tren si no quieres caer preso de la monotonía. Como dice un tema de mi amigo Sixto Armas, los cambios casi siempre son buenos y yo soy amante de los riesgos.

 

(Artículo publicado en el Boletín de La Paz).