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La primera canción que he escuchado en este año que entra es «Mi gran noche» de Raphael, no podía ser menos. De hecho ha sido prácticamente imposible escapar de la tonada retro del bardo de Linares estas navidades, ¿no es cierto? A la media hora de sonar las campanadas aparece Oliver, a la sazón el bajista que me acompañaba ayer para el concierto del Balneario y surge la conversación sobre la omnipresencia del Sr. Martos, demostrándose una vez más que con él no caben medias tintas: o se le adora o se le detesta…¡Alto! Yo soy uno de los pocos que está por el medio, aunque más escorado hacia el ¨no», que conste. A Paco Vilchez el batería sí le gusta y tal, y habla sobre sus al parecer impresionantes prestaciones en directo, Oliver disiente. Mi amigo Ezequiel Navas ha sido su baterista estas últimas temporadas y sí que me dice que «hay que verlo». Con él es imposible llevar claqueta de ritmo, has de obedecer a los movimientos de su director musical que va alterando las entradas y salidas, velocidades y demás según lo que le vaya pidiendo el cuerpo a Raphael, al modo de los viejos crooners.

A mí me gustan algunas de sus canciones de la primera época, pero poco más. De hecho comparto el sentir de Oliver, Daniel Amat y su padre Pancho («yo lo encuentro muy desafinado, chico») y donde unos ven poderío vocal yo chillerío exagerado, aunque comprendo el encanto kitsch del personaje. Pero bueno, de ahí a compararlo con Sinatra… Oliver ha estado viendo un video en directo de los años setenta de Frank y dice que aquello es impresionante, también utiliza director musical y altera las canciones a su antojo, pero él mira, chasquea los dedos, hace swing, vacila con el público como quiere y nunca grita. Cuando el público está entregado espeta: «A continuación vamos a interpretar el himno americano», y ante la confusión del respetable comienza a entonar las primeras estrofas de «My way» (que curiosamente es un tema francés, por cierto), entonces eso es ya el acabose. Seguimos charlando sobre los personajes y yo menciono las declaraciones que sobre Frank hacía Quincy Jones, que alucinaba con la capacidad que tenía para sugerir, modificar arreglos o co-dirigir a una gran orquesta, Sinatra era un músico completo aún sin componer ni tocar instrumento alguno.

Hoy he visto un episodio de «Los Soprano» y da la casualidad que se trata de «El Rat Pack», con lo que la figura de Sinatra sigue presente de manera fortuita. Era un personaje único, con una personalidad complejísima que en sí misma necesitaría una serie entera para poder discernirla: derechista pero anti-racista, violentísimo con los enemigos pero generoso con los suyos, trabajador infatigable y juerguista empedernido, machista pero respetuoso con la mujer, etc, etc. Siempre cuento una anécdota que leí en una biografía del cineasta Roger Corman: cuando comenzó él a rodar «Los ángeles del infierno» decidió utilizar a auténticos hell angels para dar mayor verismo al film; una de las estrellas principales era Nancy Sinatra, la hija de Frank, y éste le mostró su preocupación porque alguien fuese a propasarse con su hijita. El cineasta le dijo que no se preocupase y el rodaje transcurrió sin problemas hasta que un día algunos de los motoristas se agarraron un pedo de aúpa y uno de ellos hizo con Nancy aquella bromita tan tonta de quitarle la silla cuando se disponía a sentarse. Apenas le dio tiempo a quejarse del dolor, como de la nada aparecieron tres o cuatro matones que pusieron a caldo al desgraciado ángel del infierno ante la mirada acojonada de sus compañeros.

Así era Sinatra, un personaje único. Este comienzo de año estoy con «It was a very good year» en la cabeza, a lo mejor porque estoy en el «september of my years». Feliz año 2016.

 

(Artículo publicado en El Boletín de La Paz el 1-1-2016).

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