Con pelos y señales

Imagino que no lo sabéis, así que os lo cuento: la canción «Soy cobarde» de la peli «321 días en Michigan» tuvo una vida anterior bajo el título de «Con pelos y señales», con ciertos cambios en el desarrollo melódico final y, claro, distinta letra. Ésta venía a tratar sobre la moda de los metrosexuales y funcionaba como burla socarrona a la manera de temas como «Dandy» de los Kinks. Me he estado acordando estos días de ello porque mi amigo Javi Cano, el bajista de «Rock & Roll Star», me comentaba hace poco que estaba pensando en quitarse todos sus tatuajes, ya que según dice antes solo los llevaban los rockeros y la gente así más atrevida, pero que ahora a la que te descuidas te encuentras con un banquero luciendo orgulloso algún extraño aguilucho que no sé por qué siempre me acaban recordando a los Pokémon que ve mi hijo Pablo, por no hablar de futbolistas, actores y demás fauna mediática.

Yo soy partidario de que cada cual haga lo que le parezca con su aspecto, pero en el fondo me temo que soy bastante conservador con el tema de mis pelos y señales (piercing y tatuajes, quiero decir). Por más que intento quitarme prejuicios de encima siempre acabo pensando que mi pinta a los setenta será absolutamente patética si a mi cara de bobalicón despistado le añado unos cuantos pinchos, pendientes y tattoos (por cierto, hablando de esto último, ¿cuál me pondría en caso de hacerlo? ¿un plato de gambas, una cerveza, algo tan ridículo como un micrófono?) y eso me disuade totalmente de perforarme en modo alguno. Lo mismo me pasa con mis pelos, nunca acabo de atreverme a hacer algo radical como dejármelo largo larguísimo hasta poder hacerme coleta o todo lo contrario, rapármelo al cero. Por no hablar de mohicanadas a lo Neymar y demás modelos que demuestran que en el fondo el punk fue rápidamente asimilado por el star system.

Pues sí, en el fondo soy un antiguo de mierda. Veo a un pibón cruzar con garbo la acera y pienso que esa chica tan guapa lo sería aún más si su ceja o su nariz no estuviese cruzada con un aro. Y si a eso le añadimos que los moños y las perlas me parecen muy sexys ya es que soy de otro planeta, diantre. Entonces, ¿qué hacemos para contrarrestar mis decimonónicos gustos en cuanto al look? Mmmm, últimamente ando más atrevidillo con la ropa, me pongo chaquetas amarillas, smoking combinados con camisetas Toperita, zapatos picudos y combinaciones de colores de premeditada extravagancia. Pero señoras y caballeros, no verán ustedes a este humilde cantante transigir con lo de los pelos y señales.

(Es esta una preocupada reflexión tras haberme hecho recientemente un corte de pelo a todas luces desafortunado. Comentario de mi hijo Javier al verme: «ahora recién aún tiene un pase pero cuando te crezca directamente vas a parecer un tonto.» El de mi mujer Gema: «¡qué has hecho!» Intento arreglarlo con un audaz bigotillo a lo que mi amiga Paula responde: «ahora pareces un maricón, ja, ja.» En el fondo va a ser que soy más presumido de lo que creía, sí.)

 

P.D.: Mi recomendación para «La música es la droga» de septiembre es el cantautor americano Josh Rouse. Un tipo por el que todos los músicos de este país rendimos pleitesía y que es absurdamente desconocido para la gran masa, caso especialmente flagrante cuando el tipo tiene su residencia en tierras levantinas. Buen cantante y compositor perfectamente comercial y accesible podría recomendar casi cualquier disco, empezad por este mismo «The Happiness Waltz» si tenéis un rato y me contáis. <iframe width=»560″ height=»315″ src=»https://www.youtube.com/embed/X3qj8u9KFKc?list=PLZw1ugJWZSZIvWMMEK4OlFk0dZHjAhQiR» frameborder=»0″ allowfullscreen></iframe>

 

(Artículo publicado en el Boletín de La Paz el 1-9-2015).

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